¿Quién no ha cerrado alguna vez los ojos y ha visto al fondo del camino soleado el paraíso perdido de su infancia? ¿Quién no se ha visto de niño, jugando feliz con los compañeros, corriendo y riendo, compartiendo la hora del recreo?
Os invito a cerrar de nuevo los ojos esta tarde y recorrer la senda dorada que conduce a la niñez. Allí, al fondo del camino, está para muchos de nosotros este patio, cercado de los edificios que construyen nuestro cole de Princesa. Aquí alumnos y antiguos alumnos han sido felices y disfrutado tras las clases, jugando al fútbol y al balón prisionero, saltando a la comba o haciendo acrobacias infantiles entre las gomas elásticas, perdiendo jerséis (y hasta cabezas) después de sudar mares.
Las niñas han hecho kilómetros de peripatéticos paseos mientras esquivaban los balonazos de los niños futbolistas, y todos, niños y niñas, han compartido en este patio el bocadillo, los juegos y las confidencias, se han divertido preparando los puestos de la Niña María, comiendo chucherías hasta empacharse, alegrando a los pequeños con los bailes y los cambios de disfraces vertiginosos en el pregón de las fiestas, bailando en la verbena al ritmo de las músicas y de las modas que han pasado por este cole desde hace más de 125 años.
Los alumnos que están a punto de dejar el colegio salen cada año al patio, en el día de su graduación, y dan vueltas y más vueltas, como si nunca quisiesen salir de él, y se consagran ante la Virgen que los más pequeños llevan en procesión durante el Rosario del mes de mayo. ¡Cuántos rosarios se han rezado en este patio! ¡Cuántas religiosas y profesores han querido a sus niños y se han emocionado con ellos al verlos convertir en feliz fiesta cada día de la semana como si fuera domingo! ¡Cuántos padres han visto a sus hijos crecer y pasárselo aquí bomba! Y mientras, nuestra Señora del Patio nos ha mirado siempre desde su gruta con amor materno y protector.
Hoy en el patio de siempre, vestido con nuevos colores, flamante y renovado, le pedimos al Señor que bendiga los ecos de todas las historias felices vividas aquí e, incluso, alguna hora triste. Le pedimos que bendiga este patio y todos los relatos que ya se han comenzado a escribir en él y los que aún no se han imaginado siquiera; le pedimos que bendiga la alegría de ser niño, el amor que se pone en cada alumno que se educa, la esperanza que se deposita en ellos como promesa de tierra florecida.
Y a nuestra Madre Inmaculada, le pedimos que no se vaya de este patio, que se quede aquí para seguir mirando a los niños futbolistas y a las niñas peripatéticas, a los maestros que se emocionan y se enamoran de su quehacer, a los padres que quieren tanto a sus hijos y que confían cada año su educación a este centro, a las religiosas que velan por conservar la obra soñada por Santa Carmen Sallés. Que ella siga velando por nuestros niños concepcionistas, flores de este jardín azul que es nuestro patio. Que sea reflejo de otro más alto y que Dios nos bendiga a todos por los siglos de los siglos.
Amén.




